Blog de historias, reflexiones, puntos de vistas. La vida, viajes por el mundo. Otra manera de narrar lo cotidiano. La gente y sus misterios

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viernes, 20 de marzo de 2020

🌅Detrás del Horizonte

  El hombre da un último paso. Se encuentra justo en el borde, más allá está el acantilado. Está solo ante el precipicio, frente a frente. Sabe que ya que nada puede hacer. Y es en ese preciso momento ante su propia vida es que se da cuenta, que esta es la única cosa que le tiene alejado del abismo. 
                                                   
                                                                                         Gekko. 
                                                                                     WallStreet..film

                                                                      " Horizontes "

..El camino que nos llevaba al mar parecía mucho más largo cuando mirabas a lo lejos por esa estrecha carretera que serpenteaba mientras nos movíamos tranquilamente en aquel viejo Chevrolet Bel Air del 57 de color rojo y blanco como su propio destino, de pedazos enzarzados en años, en aquel rígido caparazón que revelaban una pizca de sus heridas. Estos vehículos habían retado el tiempo y en sus cicatrices podías leer  la experiencia de cómo se bailaba el mambo por aquella época. Después de un suculento desayuno con mi padre, tomé un café, puse mis mochilas, estaban ya listas y así habíamos ido escapando silenciosamente de la ciudad. Buscaba un respiro. Sin llamar la atención comenzó la marcha. Tenía alquilado un taxi para trasladarme a otro lugar y había quedado de acuerdo con un vecino del barrio, que alegremente me hizo el favor de recogerme. Me encantan los viejos carros y si aún se mueven bien, son una bendición. No hay nada mejor que un buen aventón a esos sitos de dios cuando no tienes esas prisas. Por su tecnología moderna, parecía un vehículo de este siglo, que es mucho pedir. Aceleramos la marcha y media hora más tardes, estábamos en mitad del camino. El paisaje era excelente, magnifico. Me gusta el viaje por la carretera rumbo a las costas del sur de Cuba, que se encuentran por detrás de las montañas,  atravesando numerosos llanos misteriosamente te adentra en aquel bruto y verde horizonte lleno de inmensas colinas, esperándote como unos gigantes. Habíamos llegados al valle de los ingenios, este en su exuberante amabilidad apareció ante nuestros ojos. El chófer se había tomado una pausa. Mejor dicho una tregua. Desde que salimos no había parado de hablar. Yo no había dicho ni una palabra. Solo le escuchaba. Esta vez era la única, en que no decía nada, pero lo más seguro fue que leyó mis pensamientos e hizo lo más adecuado, detenerse en el camino. A esa altura empujados por el fuerte viento en la cima al moverse en ese espacio de la inmensidad sentías como si uno perdiese la gravedad por segundos. En el lado derecho todo estaba poblado de altas montañas, árboles en plena sequía que hacían relucir las palmas más reales entre el verde y el ocre. Castigados hoy por el azotes de las estaciones, la desolación y el abandono, habían dejado de ser hermosos escenarios dibujados por los surcos y los colores de las cosechas, los sembrados por doquier, los animales pastando a sus anchas, de esa manera en que el ayer se interponía ante tus ojos como una pesadilla, porque hoy eran lugares inhóspitos dañados por el desajuste infernal de las estaciones y el olvido de la gente del gobierno. Por estos días en que estaba por llegar la primavera llovía poco o casi nada y cuando lo hacía, no bastaba con su esfuerzo, era tanto con lo que tenía que lidiar, que esa agua no era lo suficiente para acabar con el virus de la peste que azotaba la ciudad. La escasez en todos los periódicos, titulares del día y en la boca de las gentes la desolación era una pandemia. Si el país está bloqueado por enemigo porque no hacen nada, es lo que me pregunto. A esa altura no sabía muy bien de lo que me hablaba, no le había hecho mucho caso a las noticia por entonces. Estaba de vacaciones. Ahora tenemos lo del coronavirus. Hablaba serio. Por el tono del chofer pareciera como si estuviéramos atacados por extraterrestres, es una plaga, dicen que viene de china. Salió del automóvil y respiro al viento. Aquí sí se está bien. Dijo el chófer cuando llegamos al lugar caminando. Luego agregó. El germen del virus no se adapta a países cálidos. Estábamos a mitad del viaje. Me había separado un poco y hacía ya unos minutos que no hablaba, le había dejado con las palabras en la boca. No había dejado de darle a la lengua en más de una hora y yo estaba casi molesto. Le conocía desde hacía mucho. Pero en tantos años antes solo habíamos cruzado unas palabras bien poco o casi nada. Como estas? Vas a estar mucho? Gracias a Dios estás fuera de Cuba. Como esta todo por allá. Y la familia, bien? Siempre las mismas palabras. No más. Como si lo único que importara es hola y un nos vemos pronto. Por lo que al escucharle hablar desde el principio, sentí que esta vez trataba de decirme algo interesante. Fue por eso que le dejaba descargar su rabia en todo el camino. Estaba cansado, tenía mucho sueño, el día anterior había sido también muy largo para mi. Pero las ganas de hablar que tenía el chófer, soltar esa carga que se le iba por encima de su zona de confort era tan grande, que intento en todo momento que no le perdiera ni pies, ni pisadas a sus historias. Hacerme eso a mí, que luchaba en vano, en contra de mi voluntad por lograr impedir estar entre dormido o despierto. En toda esa marisma, esa nube de polvo, el murmullo y el viento seco, no había pegado los ojos en todo el trayecto.

...Camine unos pasos cerca de la punta donde comenzaba el precipicio. Allí estábamos parados. No había peligro alguno en ese jardín del edén natural, más real ante mis ojos. Aunque nadie se detenía en el viaje por lo peligroso de la curva, la inmensa vista del valle de los ingenios captó mi mirada. No había un sitio más hermoso en la tierra para mi en ese momento que aquel extenso llano entre las colinas y más allá, rumbo a el mar.
...Los primero días cuando llego a la tierra donde nací son raros. Todo el mundo habla a la misma vez. Son así, yo no puedo cambiar nada. Yo solo les escuchó. Hablar es su pasatiempo. Hablan de todo por supuesto, pero refiriéndose siempre a sus problemas, no hay otra. Es así de triste. no hay otro tema. Ustedes lo saben no voy a andarles con lujos de detalles. Cuando sientes que las cosas no tienen sentido no puedes seguir dándole vuelta como un trompo, porque asfixian. Pero es como un coronavirus de esos. Es una plaga que no tiene frontera. Lo mejor es estar aislado. Los rumores sobre todo, son una de esas enfermedades que proliferan cuando se enfrentan a un sistema inmunológico débil. Que haces cuando el mundo te deja atónito, paralizado, con la boca abierta. Lo mejor. No buscarle más defectos y comenzar a hacer algo bueno con tu tiempo, es posible que las grandes respuestas estén del otro lado de la esquina...y eso es lo que sentía en las palabras del chofer. ...Llevaba más de una semana en una inactividad total y era la hora de girar más hacia el sur. Había quedado con una amiga que me esperaba y mi único objetivo era estar cerca de la naturaleza. La bendición del dios olofi. El chófer que había dado unos pasos, regresó al vehículo y se quedó quieto mientras fumaba un cigarrillo. Minutos después continuamos la marcha. Ya no se hablaba nada y a mi se me había quitado el sueño. Encendió la radio. Vaciló jugando con algunas estaciones y el sonido de las altas frecuencia era insoportable, hasta que definitivamente la apagó se acomodó al timón y comenzó a disfrutar del viaje. Casi media hora después, rompió su silencio. Ya queda poco, no sientes el olor del mar. Me soltó con una sonrisa. Era curioso su rostro, ya no estaba tan enfadado. Su semblante había cambiado por completo tan solo después de detenerse por un momento en el espacio vacío de la cima de esa montaña.. Buscaba un respiro, en eso me fije. Una dichosa parada en un lugar poco común y olvidarse del mundo por un rato, como a mi. Frente a frente ante la nada y en la compañía de un desconocido y créanme, ese instante lo había encontrado...La verdad que ahora mismo el mundo da miedo. Me dijo al fin. Está muy frágil, le hemos hecho mucho daño...Ahora mismo no hay lugar seguro, ni sitio para esconderse. Y la verdad se los digo. El chófer tenía razón.
Mientras los pequeños pueblos pasaban veloces, apartados, inertes, unos detrás de otros, tan solitarios ahora, abandonados por esa niebla de siempre y condenados en la tranquilidad como risas en el cementerio, el chofer los nombraba uno a uno, era su señal de victoria, la proximidad a nuestro destino estaba cerca. Antes él decía las cosas de una manera dura, cortante, en una actitud seca como si se le fuera la vida en cada palabra. El de la amarga sensación que te deja el tener que tragárselo todo sin tener que chistar. Sin embargo desde que se detuvo allí, pareciera que es ya un hombre diferente. Hasta su tono de voz había cambiado. Su mirada hacia adelante, fija en aquel horizonte lo denotaba. No había nada que temer. La gente necesita siempre tiempo para desahogarse de la indigestión, es de la única forma que se puede poner las cosas en su lugar. Esa es la medicina. Los tiempos allá fuera van tan rápido que son como un rayo de luz comparados con los de acá, en Cuba donde nada se mueve. Asi es y luego agregó...No se lo que es peor. De momento se que cada día esto está peor. aquí y allá. Lo dice mi familia en Miami. Para qué andarse con cuento. Todo está muerto con este virus y la gente comienza a entrar en pánico. La solución, esa es la pregunta y esta en el tiempo. Es una adivinanza. Debemos aprender de una vez como hacer las cosas mejor, escuchar más, porque la verdad que siento y no soy nadie para decirlo, que si esto sigue así, patas arriba. No me atrevo ni a mirar el futuro. El principal problema somos nosotros mismos. Que hemos terminado olvidando lo que realmente vale la pena. El tiempo que tenemos en nuestras manos, es oro. Mira, me dijo. -Ya nadie escucha. En esta carrera de loco lo único que uno aprende es a sobrevivir a duras penas y esto así de seguro, no garantiza la vida...Yo paso el día buscando mi dinero. Unas veces aparece y otras no. Cuando lo tienes no sabes que comprar...que es lo que te hace más falta. Cuando logras reunir un poco, es como rogar en el muro de las lamentaciones para que se produzca el milagro y esas colas?...oh Dios. Me tienen sin cuidado las cosas. Así, que lo único que me trae salud son las noches tranquilas en familia. De allí no me muevo. Estoy rogando que aparezca ese milagro. Quedaba poco y en ese tramo al avanzar, la carretera se volvía mucho más plana y ancha, estaba en mejores condiciones, el verde a su alrededor era tirando a un amarillo pálido . Tenía la grata sensación de que había descendido a una pista de aterrizaje, la velocidad en que nos movíamos te hacía pensar que avanzabas como en cámara lenta. -Quien dice que no hay problemas?..Agregó el chofer apuntando afuera. En tiempos anteriores esa parte del camino era muy hermosa. Una gran arboleda sobre todo mangos y aguacate. Numerosas caballerías de tierras pastadas vibrante de color, surcos en hectares a la redonda. Esas ganas de vivir. Aquel olor a tierra mojada, el sudor, el arte y el sentir de los campesinos que amaban su tierra, la herencia de la vida en el campo venían con ellos en sus entrañas. Esas tierras han alimentado a miles en generaciones anteriores. Te lo digo porque yo vengo del campo. Uno le ponía lo mejor a la tierra sabiendo que en el fondo el mensaje era mutuo. El mismo. Si tu me cuidas, si me pones atención, yo te alimento.
Hoy solo queda enormes hectáreas de bosques abandonados cubiertos de esa maleza, de la yerba de guinea y el marabú. Estas también son como un virus, te pueblan rápidos los lugares desiertos, como una plaga. De entre el filo de las hojas de guinea y las espinas de la mata de marabú, nadie se salva. Mientras encuentras una salida, el que se escapa, queda puesto y convidado. Me miró otra vez y luego giró los ojos fijos en la carretera. -Soy médico. Deje la carrera de ingeniería veterinaria que era lo que más me gustaba y aquí me ves, manejando un taxi para buscarme tres pesos. 
Por ocasiones perdía otra vez su voz. Pero dejé de escucharle con el sonido del viento. No me interesaba estar escarbando en cosas del pasado. No tenía la intención de mirar detrás, así de sencillo. Ni siquiera una vista por el espejo retrovisor. Lo importante era aquel horizonte inmenso donde después encontraría el mar. Perdía por instante la conexión con sus palabras por lo que era más preferible dejarse llevar con el juego de las olas en mi pensamiento. El mar estaba cerca, yo lo sabía y ella estaría esperándome allá. Sólo llevaba conmigo la gran sensación de recorrer de nuevo la vieja ciudad, como otras veces y caminar por los alrededor de la playa. Pero eso tenía que esperar. Así que me recosté un poco dejando correr el aire y puse la mirada otra vez en el horizonte. Otra vez las montañas que no dejaban ver bien lo que quedaba más allá empujaban a ese cielo azul perdido ahora entre tantos colores como cantos de sirena. La parte izquierda del camino robó mi atención de una vez. Aparecía de repente con otro pequeño valle entrando a una nueva curva, dominando el paisaje con algunos que otros bohíos y matas de coco, como casitas de un juego en miniaturas. Tomamos la nueva carretera evitando el centro de la ciudad y cortamos rumbo a Casilda la pequeña localidad de pescadores que estaba en lo último bordeando la costa. Tiramos a la derecha buscando el camino viejo atravesando la línea del tren y surcamos una gran cantidad de baches. No estaban tan mal sabiendo que de repente entraría en el mejor tramo de la carretera... eso ocurre en tan solo minutos. Al dejar atrás las ruinas de la línea del tren, esa siempre es una parada obligatoria, subir por encima de una lomita infectada de huecos, charcos, que tienes que saltear buscando con suerte el equilibrio. Llega lo mejor. Esta divide todo el perímetro de playa con el pueblo y son varios kilómetros con esa vista azul de frente. El camino viejo. Con solo bajar la línea, te cautiva, porque entras en esa zona rodeada de agua, como diminutas islas pantanosas de arenas, algas y manglares. Habitadas por pájaros, cangrejos, caracoles, erizos y todas esas aves de mar. Es un oasis virgen que parece un pantano. Cayendo de pronto en medio de un arrecife donde todos los caminos conducen al mar, allí, detrás del horizonte donde ella desde hacía un rato, me esperaba.



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